El mundo del dinero es en esencia virtual. Con el nacimiento del billete se está dando valor a un papelillo con la promesa –en otros tiempos- de que una cantidad de oro lo respaldaba. Eso acabó y fue sustituido por el poder de la economía, y ahora ni eso con el bitcoin. De igual forma gran parte del sistema financiero ha llegado a una abstracción que es tan grande como peligrosa.

Nadie se atreve a meter mano al mundo financiero. Después de la gigantesca crisis que se lió en 2007 con las hipotecas basura y los riesgos cruzados y desconocidos entre entidades financieras, las cosas no solo no van a mejor sino que empeoran. Los financieros mandan en el mundo y hacen lo que les venga bien a sus bolsillos, es decir, a sus bonos. Los demás, somos efectos colaterales.

Poco o nada se ha hecho al respecto y muy al contrario, la cosa va a más. En cierta medida, hasta lo más sagrado (en términos de seguridad) que es la deuda pública se ha prostituido con los programas de liquidez de los bancos centrales. Ronda por ahí algún estudio que apunta a que si se aplicasen criterios de hace 20 años a este mercado, los tipos serían estratosféricos o, directamente, esos bonos no valdrían ni el espacio de memoria electrónica que los sustenta.

Pero ahí seguimos, haciendo hipotecas basura, cruzando riesgos imposibles mediante derivados que, como dice Warren Buffet, no los entienden ni los que los diseñan. La reciente polémica sobre la criptomoneda Bitcoin es un claro ejemplo. Recientemente, un preboste neoyorkino la tildaba de fraude movido por un grupo de listillos.

Ahora se está hablando del paso –parece que definitivo- del ahorrador español hacia la inversión. Por eso es un buen momento para recordar todo esto. No meter el dinero en productos que no se conozcan, que no se sepan si son virtuales o son reales. La realidad ya es demasiado dura y difícil para la inversión, para caer además en trampas de virtualismos.

Lo comentó el gestor estrella García-Paramés en la presentación de su libro: “Hay que invertir en cosas reales como las acciones de la Bolsa o el inmobiliario”. Él indicaba la conveniencia de alejarse de los bonos y, por supuesto, de toda sofisticación como los derivados financieros de los que abomina su maestro Buffet a la primera ocasión que se le presenta calificándolos de bomba de relojería.

Les pondré un ejemplo reciente con la proliferación de los fondos indexados, aquellos que replican índices o sectores del mercado. Estos fondos lo pueden hacer de forma real, comprando las acciones del índice o a través de derivados financieros a través de swap que firman con un banco que les garantiza la rentabilidad del subyacente (índice, generalmente).

Pues bien, si quiere utilizar uno de estos fondos deberá conocer con exactitud en lo que invierten, porque no es lo mismo sufrir el riesgo de las acciones, que el riesgo del subyacente sumado al del banco que, seguramente, se lo coloque a otra entidad financiera y sobre él se construya algún otro producto y así hasta el infinito.

Cada día más vivimos en un mundo virtual, con amigos y conversaciones virtuales. Y el dinero en esto ha cogido carrerilla y quiere ser el primero. Como somos conscientes de que los poderes públicos no se atreven a hacer gran cosa, lo lógico es que tomemos nosotros las precauciones.

En la raíz de todo esto también se encuentra la gigantesca cantidad de dinero puesta a disposición de los mercados. Una vez cubierta la financiación de la economía real, lo demás es ir creando estructuras para colocar ese dinero excedentario en una red que no tiene por debajo ninguna base sólida.

Por:Luis Aparicio/Invertia