Entrando un tanto en desacuerdo con algunos de los colaboradores cercanos al presidente electo López Obrador, resulta importante reconocer que tampoco todo en el país se encuentra en situación de desastre. En realidad, el país requiere de un cuidadoso balance para saber qué está mal y qué bien para conservarlo y protegerlo.

El argumento es en particular aplicable a la administración pública. Indudablemente —se necesitaría pecar de ceguera para negarlo— hay muchos órganos del Estado mexicano que desde hace décadas se encuentran sumidos en una mediocridad inocultable y peor aún: inoculados de una corrupción endémica.

En contrapartida, frente a esos casos también existen por fortuna islas de alta calidad operativa e incluso de excelencia. Sería un gran despropósito histórico que en aras de una austeridad simplista y fanática se destruyeran esas islas de calidad y hasta de excelencia. No son muchas, pero ahí están bien visibles y vivas. ¡Hay que conservarlas y cuidarlas!

Y en esta materia de las islas de excelencia que forman parte del sector público de México y que es indispensable proteger ocupa un lugar particularmente especial el caso del Banco de México, el banco central del país. Su historia es remota y también muy ilustrativa.

Por mérito de los sucesivos dirigentes que ha tenido nuestro banco central en su ya larga historia y también por efecto de un verdadero milagro de la providencia en un país en que como en el nuestro ha existido una clase política rapaz y depredadora, el Banco de México ha podido conservarse como una isla de excelencia institucional y de elevada calidad en sus cuadros operativos.

Esa excelencia no ha resultado de la casualidad. Se ha logrado mediante la conformación de un personal altamente profesional con base en un sistema riguroso de selección y ascensos por méritos laborales.

La formación mediante un proceso continuo de camadas y camadas de expertos en banca central ha llevado décadas de trabajo y capacitación permanente. En nada beneficiaría al país y tampoco a la administración que ha prometido dar lugar a la “cuarta transformación de la República” que por una obsesión programática se materializara el desmembramiento y decadencia de una institución que es orgullo y ejemplo de pulcritud en la administración pública de México.

Por favor, don Andrés Manuel, no permita que se consuma ese crimen que sería de lesa humanidad contra la nación, que somos todos.

ALD/ElEconomista.mx

20/09/2018