Antilavado de Dinero:  ¿Cómo se puede ser corrupto y ser de izquierda a la vez?

¿Cómo se puede ser corrupto y ser de izquierda a la vez?

 Este es un tema de permanente actualidad, pero que ahora discutimos como nunca, de fallos de fiscales y jueces, de Tribunales de transparencia y de Conducta Política del FA, y de otros partidos estamos obligados a formularnos esta pregunta.

¿Todas las virtudes de la honestidad están en la izquierda y todas las desgracias de la corrupción en la derecha? A esta altura la respuesta a estas interrogantes no puede ser teórica, tiene que considerar la realidad y lo cierto que en estos tiempos, lo nuevo, lo diferente es que gobiernos y partidos de izquierda o proclamados de izquierda han chapoteado de lo lindo en la corrupción.
Se puede ser honesto, con una sólida moral republicana y de respeto por los ciudadanos siendo de derecha, de centro o de izquierda. Ejemplos sobran y de lo contrario también.

La pregunta que yo me he formulado es diferente: ¿Se puede ser de izquierda y ser corrupto?

La respuesta no puede ser un decálogo de invocaciones a la ética, a la moral, a los altos ideales, tiene que tener directa relación con la definición básica del ser de izquierda. La respuesta no puede corromper también las palabras, los conceptos.

No hay duda ninguna que entre las muchas definiciones que existen sobre qué es la izquierda y qué no sean un relato topográfico general sobre nuestra historia, hay una que está en la base: luchamos por un mundo, por sociedades más justas donde las oportunidades y la riqueza estén distribuidas de manera más justa y luchamos contra la división entre un reducido grupo de personas que acumulan enormes riquezas y grandes mayorías de pobres. La lucha contra la acumulación injusta de la riqueza está en la base de nuestra propia identidad.

No es solo una batalla por la justicia, es la base de nuestra concepción del progreso humano y contra la explotación de los hombres y de las mujeres.

A partir de allí han existido diversos modelos, proyectos, hasta dogmas para tratar de enmendar esa injusticia básica. Desde el socialismo "real" estatizador y monocolor, el estado del bienestar y muchas variantes. La medida del éxito de esos procesos al final, se mide en cómo se distribuye la riqueza generada por las naciones entre sus habitantes y también entre las naciones.

La corrupción es la más infame, la más injusta y perversa forma de acumulación de la riqueza en una sociedad y en el mundo, no se basa en la tenencia de medios de producción, cambio y finanzas, en el capital, ni en la plusvalía, ni en el comercio igualitario o desigual, ni en la explotación del trabajo ajeno, ni en los privilegios de las herencias, ni en las leyes del mercado por más despiadado que sea. Se basan en la corrupción de todos esos elementos.

La corrupción permite a los corruptores sobrefacturar obras, productos, servicios que en general se le venden al Estado, se hacen de menor calidad, porque se debilitan todos los controles y se obtienen niveles de ganancias muy superiores a los derivados del mercado, enriquecen a los más corruptos y no a los más capaces y emprendedores y enriquecen a los malos funcionarios. Es un cáncer con metástasis.

Y a diferencia del cáncer es contagiosa, se expande como una mancha de aceite pues genera un clima comercial y empresarial en que la corrupción es estructural y casi una obligación para poder sobrevivir. Tenemos el caso lacerante y evidente de Odrerbrecht, el mayor tumor de corrupción de la historia de América Latina. Y no solo.

No hay ninguna forma de distribución de la riqueza más regresiva que la corrupción. Por eso no se puede ser verdaderamente de izquierda y ser corrupto o corruptor. Es una contradicción irresoluble, aunque se la cubra de palabras y de mentiras.

Cuando se utilizan los dineros públicos, que fueron aportados por el trabajo de toda la sociedad, con su trabajo y con la renuncia a utilizarlos en provecho personal, para volcarlos al Estado, es decir a financiar las obras, los servicios, los proyectos, las políticas comunes y para todos y, una parte de esos recursos termina enriqueciendo a unos pocos y de manera ilegal e inmoral, se produce una distribución extremadamente regresiva de la riqueza.

No hay compatibilidad posible con las declaraciones de sensibilidad social, de lucha por las causas populares en sus diversas variantes y la corrupción y la inmoralidad pública y privada.

Las izquierdas, sus fundadores, los autores más clásicos no le dedicaron la atención necesaria, tanto en el plano teórico como político. No formó parte de los grandes debates ideológicos del surgimiento del socialismo en sus diversas variantes y matices. De los socialismos.
No se ocuparon porque los corruptos fueron siempre considerados, no una desviación, sino enemigos de clase primarios, acumuladores inmorales de la riqueza ajena.

Ahora lo estamos pagando, la corremos de atrás, son los tristes hechos los que nos obligan a despabilarnos a bofetada limpia de procesos judiciales y de escándalos de todo tipo.

Si creemos que todo esto se resolverá exclusivamente con leyes más severas - que son absolutamente necesarias - limitamos nuestra moral a las normas de este sistema y eso es una pérdida más de identidad, un repliegue ideológico más, de los muchos que hemos incorporado.

Es cierto es que la corrupción tiene su origen genético en la codicia, en que hay sectores que no se conforman con una acumulación de riqueza adecuada a las normas del propio mercado que ellos utilizan y que le da un marco a la forma de producción capitalista actual. Quieren más, mucho más. Pero esa explicación no tiene ninguna utilidad para dar la batalla ideológica en la izquierda, en las ideas republicanas radicales. No se trata de una prédica religiosa contra la codicia, sino de profundizar el sentido civilizatorio del progreso de la justicia social, de la libertad más plena de los seres humanos, incluyendo la libertad de la necesidad.

La batalla por la moralidad y contra la corrupción es hoy el principal desafío teórico, político, ideológico y cultural que afronta la política en su conjunto y en particular las ideas progresistas y de izquierda.

La corrupción es el arma ideológica más poderosa y más peligrosa del capitalismo.

La existencia del mundo, porque ya es un mundo, el de la droga y su enorme red mundial, desde la producción, el transporte, la gran distribución, la venta personalizada (a través de una de las mayores redes del planeta), la difusión de su cultura para el consumo y el sistema financiero que la sostiene y sus fuerzas armadas irregulares, dependen de la corrupción de los gobiernos y de sectores privados. Son su principal soporte, incluyendo la penetración en las fuerzas policiales.

La corrupción se disemina piramidalmente como un virus, penetra en una sociedad y corroe todo lo que toca, a todos los niveles y lleva sus migajas y su ideología corruptora. Y construye su propio relato.

Hay grandes sectores industriales y comerciales donde la corrupción es parte esencial del negocio. La globalización, tiene todo un capítulo ocupado por la corrupción, en particular en el sector financiero. Hay países del norte, grandes productores de armas que incluyen el permiso de hacer figurar en sus costos las coimas a los compradores, es decir la corrupción lisa y llana. Países que se presentan con gran honorabilidad.
Los que miden la corrupción solo en millones o miles de millones de dólares y en el daño que causa en las arcas de determinadas naciones, se olvidan de lo principal, se guían por la apariencia, en realidad, el daño profundo en la propia esencia de las sociedades es mucho mayor.

Tomemos un solo ejemplo, la crisis financiera del 2008, tuvo en la corrupción de los bonos basura de los grandes bancos y empresas financieras de Wall Street, su inicio que se trasladó a alta velocidad a los principales mercados financieros del mundo, llevado por los productos financieros hipotecarios y de otro tipo totalmente inflados. ¿Quién pagó financieramente los costos? Los Estados, la Reserva Federal (el dinero de los norteamericanos, pobres, ricos y medianos) y el Banco Central Europeo y muchos otros bancos centrales nacionales. Se terminó el neoliberalismo y explotó el estatismo parasitario más cruel. Y todo originado en la corrupción de gerentes, altos funcionarios y directivos insaciables.

Pero además de los siderales daños financieros, económicos y sociales, desmoronó un conjunto de normas y sistemas "legalizando" el uso de los bancos como herramientas de asalto a las finanzas públicas. Esta crisis no fue ni la primera ni será la última.

En Uruguay tenemos el ejemplo de los bancos que precipitaron la crisis del 2002, bancos y banqueros corruptos.

La repetida frase de que necesariamente, casi obligatoriamente, el poder corrompe, es una genial creación de los corruptos, es su mejor coartada. Y es falsa.

La corrupción se debe analizar desde las instituciones, desde las leyes, desde los instrumentos de control, desde la política, desde el mundo empresarial, desde la sociedad civil, desde la prensa, pero sobre todo se debe analizar desde el pueblo, desde la gente. Esa es la principal reserva moral, ética y los que pueden transformarla en una gran batalla política y cultural, el problema es que hay sociedades en que la corrupción ha llegado a tales niveles, que es asumida y vivida como una parte inexorable de la política. No voy a dar nombres, pero diversos países ya padecen esa patología. Aquí cerquita.

A pesar de los silencios de muchos dirigentes, que actúan por cálculo político más que por principios, la respuesta es bien simple: ser corrupto y ser de izquierda es una contradicción flagrante con la esencia misma de las causas de la justicia social en cualquiera de sus variantes, porque el corrupto se enriquece a costa del trabajo honesto y su actitud es incluso previa al propio capitalismo, es una patología que cruza toda la historia y es contraria a las ideas básicas de la izquierda.

Por: Esteban Valenti/Montevideo

 

 

09/05/2018